Por: Mtro. En Psicoterapia Psicoanalítica Olaf Omar Hernández Ortiz
Mucho se ha hablado sobre la depresión, tanto que algunos la han llegado a considerar el mal del siglo. Según la OMS (OMS, 2025), aproximadamente 280 millones de personas experimentaron depresión en 2019. Esta cifra, dada la evolución de la pandemia de COVID-19, es probable que haya aumentado significativamente en los últimos años. En México, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Salud, cerca de 3.6 millones de adultos padecen esta enfermedad (Lugo, 2025), afectando profundamente el ámbito familiar, social, laboral y personal. Nadie está exento de sufrir depresión a lo largo de su vida; incluso puede presentarse en la niñez y en la adolescencia. En este artículo se abordarán los síntomas de la depresión, cómo funciona la mente de una persona con esta condición desde el psicoanálisis, partiendo de la obra Duelo y melancolía de Sigmund Freud, y cómo este enfoque psicoterapéutico puede ayudar a quienes atraviesan un episodio depresivo.
La psiquiatría, a través del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (2015), en su quinta edición, agrupa dentro de los trastornos depresivos una serie de síndromes que comparten el denominador común de un ánimo triste, vacío o irritable, acompañado de alteraciones en el cuerpo y el pensamiento que afectan el funcionamiento cotidiano del individuo. Sin embargo, lo que diferencia a cada trastorno es su duración o su causa.
En el mismo DSM-V, se establece que el trastorno depresivo mayor es el más común, y se diagnostica cuando una persona presenta al menos dos de los siguientes síntomas: tristeza profunda, vacío o desesperanza; pérdida de interés o placer en actividades previamente disfrutadas; pérdida o aumento significativo de peso y apetito; insomnio o exceso de sueño; sensación de inquietud o enlentecimiento; fatiga o pérdida de energía; sentimiento de inutilidad o culpa excesiva; dificultades para pensar o concentrarse; e incluso pensamientos de muerte o suicidio. Para que se considere un diagnóstico formal, estos síntomas deben durar al menos dos semanas y causar un impacto negativo significativo en la vida del individuo. Si los síntomas persisten por más de dos años, se habla de distimia o trastorno depresivo persistente. En niños y adolescentes, la depresión no siempre se manifiesta como tristeza, sino que puede presentarse a través de irritabilidad.
Es importante señalar que, como cualquier trastorno mental, la depresión no tiene una única causa. Su origen es multifactorial, lo que incluye desequilibrios en la producción de neurotransmisores (sustancias que facilitan la comunicación entre las neuronas del sistema nervioso), anomalías en estructuras y circuitos cerebrales, un temperamento propenso a emociones como la ira o la tristeza, y la presencia de situaciones adversas o pérdidas ocurridas en los primeros años de vida. Además, la depresión tiene un componente hereditario en la mayoría de los casos.
El psicoanálisis, fundado por Sigmund Freud, se enfoca en explorar la mente humana a un nivel más profundo, especialmente en el inconsciente, esa parte de la mente de la que no tenemos conciencia y que alberga deseos y fantasías reprimidas. Aunque Freud no abordó directamente la depresión como tal, estudió un fenómeno emocional conocido como melancolía, que hoy en día podríamos interpretar como una forma profunda de depresión.
En su obra Duelo y melancolía (1917 [1915]), Freud establece una diferencia clave entre el duelo y la melancolía. El duelo es la reacción ante la pérdida de una persona amada o de un ideal, y no se considera una enfermedad, ya que la persona eventualmente lo supera. En cambio, la melancolía se caracteriza por un dolor profundo, un vacío emocional en el que la capacidad de amar y el interés por el mundo exterior se suspenden. La persona afectada experimenta una falta de energía para realizar actividades productivas y, lo que es aún más importante, sufre un sentimiento de inutilidad, auto-reproches y un deseo de castigo. Estas características nos hacen pensar que Freud estaba describiendo lo que hoy conocemos como depresión, aunque surgen preguntas como: ¿Siempre es tan clara la diferencia entre duelo y melancolía? ¿Puede existir algo en común entre ambos?
Freud pensaba que la melancolía también involucraba una pérdida, aunque no necesariamente en términos reales. Esta pérdida podría estar vinculada a un ideal o a un objeto de amor. Lo más interesante es que, en la melancolía, la persona no puede identificar con claridad qué es lo que ha perdido, lo que hace que esta pérdida se relacione con lo inconsciente. Por ejemplo, alguien puede perder a su cónyuge a través de un divorcio, pero con ello también podría perder el sentimiento de compañía, el apoyo social o incluso un estatus. Del mismo modo, una persona que pierde la movilidad tras un accidente puede perder no solo su capacidad física, sino también su autonomía e independencia. Incluso, en la adolescencia, puede haber una "pérdida" de la niñez, junto con la entrada al mundo adulto.
Otro aspecto crucial en la melancolía, y por ende en la depresión, son los autorreproches. En la mente de la persona deprimida, parece haber un verdugo interno que la azota constantemente, no con un látigo, sino con pensamientos crueles como: "Soy lo peor que existe", "No merezco ser feliz", "Soy una carga para los demás". Sin embargo, alguien ajeno a la persona podría no estar de acuerdo con estos pensamientos. Lo interesante es que, en la depresión, estas quejas no solo se dirigen hacia uno mismo, sino también hacia el ser u objeto amado que se ha perdido.
Freud decía “La sombra del objeto ha caído sobre el yo”, inconscientemente, la persona con melancolía asume la "sombra" del objeto perdido. Es como si, para no perderlo por completo, la persona internalizara lo que ha perdido, pero no a través del amor o la gratitud, sino mediante un afecto negativo: el odio. Este fenómeno puede observarse en los sueños de quienes padecen depresión, los cuales a menudo están llenos de imágenes sombrías y lúgubres, como calabozos o cementerios, que reflejan un mundo interno empobrecido y carente de interés en la vida.
Aunque generalmente se asocia la depresión con la tristeza, no son lo mismo. Según el psicoanalista Juan David Nasio (2024), la tristeza es una emoción ligada a la pérdida de algo que se ha amado, ya sea una persona, un objeto o un ideal. Sin embargo, en la depresión, la pérdida no se limita a algo externo, sino que afecta la esencia misma del individuo. Es como si la persona hubiera perdido algo fundamental para su ser, algo que define su existencia.
¿Cómo puede ayudar el psicoanálisis en el tratamiento de la depresión?
A diferencia de otros enfoques terapéuticos, el trabajo psicoanalítico no busca suprimir los síntomas de la depresión, sino prestar atención al discurso interno del paciente que en ocasiones erróneamente es silenciado con un “échale ganas”. A través de la escucha activa, el psicoanalista permite que la persona se haga consciente de lo que ha perdido, de cómo ese dolor está arraigado en su inconsciente, y de cómo la depresión ha oscurecido su mundo interno. Con el tiempo, este proceso de reflexión y autoexploración puede ayudar al paciente a encontrar, nuevamente, el brillo y el vigor de la vida, que se habían perdido en las sombras de su mente.
Fuentes
American Psychiatric Association. (2015). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5a ed.). Editorial Médica Panamericana.
Freud, S. (1917 [1915]). Duelo y melancolía. En Obras Completas (Vol. 14, págs. 235-255). Argentina: Editorial Amorrortu.
Lugo, G. (13 de enero de 2025). Gaceta UNAM. Obtenido de https://www.gaceta.unam.mx/en-mexico-sufren-depresion-3-6-millones-de-personas-adultas/
Nasio, J. (2024). La depresión es una pérdida de una ilusión. Ciudad de México: Paidós.
OMS. (25 de enero de 2025). Organización Mundial de La Salud. Obtenido de https://www.who.int/es/health-topics/depression#tab=tab_2

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